Viejos métodos para nuevos conflictos: el gran error ante la reacción identitaria del extremismo
El error de los viejos paradigmas en la era del extremismo
El auge de la extrema derecha juvenil en Europa ha descolocado a instituciones, partidos y gobiernos, que han respondido, casi sin excepción, desde esquemas analíticos propios de finales del siglo XX. Esta grieta generacional revela el desfase entre una realidad social profundamente mutada y un aparato político-administrativo cuyo marco de referencia permanece anclado en el modelo del Estado de bienestar clásico y la participación vertical.

Diagnóstico equivocado, reacción ineficaz
La primera gran distorsión estriba en analizar el fenómeno como una reacción lineal al malestar económico, ignorando la complejidad de lo que la literatura reciente denomina “crisis de las expectativas” y “deconsolidación democrática” en los jóvenes. Instituciones y formaciones políticas tienden a interpretar el apoyo juvenil a la radicalidad como un simple epifenómeno de crisis material o desinformación, cuando en realidad responde a procesos de marginación relativa, bloqueo vital y ruptura de la confianza en los mecanismos de representación formales.
Obsolescencia de las herramientas institucionales
Los aparatos políticos y administrativos operan todavía bajo la lógica del diálogo sectorial, la mediación burocrática estable y fórmulas de acción colectiva diseñadas para una sociedad homogénea y explícitamente estructurada en clases. Sin embargo, las generaciones jóvenes están inmersas en una individualización creciente, atomizadas en sus demandas existenciales y altamente dependientes de dinámicas comunicacionales digitales que escapan al control de los intermediarios clásicos.
El resultado es una “intergenerational democratic blind spot”: un punto ciego institucional, donde los intereses y representaciones juveniles carecen de canales eficaces y tienden a expresarse a través de la protesta disruptiva o la adhesión a alternativas antiestablishment.
El lastre gerontocrático y el cortoplacismo democrático
La literatura sociopolítica contemporánea coincide en que la Europa envejecida, donde el peso de las generaciones mayores en la estructura de poder no deja de crecer, prioriza intereses inmediatos, consolidando un sesgo generacional que bloquea reformas ambiciosas en empleo, vivienda o redistribución. Esta “miopía del futuro” alimenta la desafección juvenil y deja el campo libre a fuerzas políticas que prometen ruptura y protección identitaria, aunque ello tensione los marcos democráticos existentes.
Sin embargo, el problema no reside únicamente en la edad avanzada de quienes ocupan las posiciones de poder, una dimensión analizada por la sociología contemporánea señala además la tendencia de ciertas élites jóvenes a reproducir, asimilar y reforzar los mismos enfoques y dinámicas que sostienen dichos aparatos y administraciones. En muchos casos, para prosperar en estructuras institucionales envejecidas, jóvenes dirigentes adoptan modelos de gestión y marcos ideológicos que perpetúan el status quo, lo que provoca entre sus coetáneos una fuerte percepción de alienación y traición generacional. Así, lejos de ser representantes genuinos del malestar juvenil, dichos jóvenes dentro de los aparatos pasan a encarnar los mismos estilos, prioridades y cortoplacismos que generan rechazo entre el resto de la juventud. Este fenómeno, a menudo invisibilizado, contribuye a intensificar la brecha entre las aspiraciones de los jóvenes y la oferta institucional, amplificando la crisis de legitimidad y de representación política en Europa.
Crisis de la intermediación y nueva politización
La erosión de los grandes relatos y la fragmentación del espacio público han desdibujado la capacidad de los partidos y administraciones para ordenar los conflictos, modulando el paso de los problemas económicos a disputas filosóficas y de identidad. El apego institucional a relatos y mecanismos anticuados, incapaces de dialogar en el lenguaje digital, emocional y memeificado de las nuevas generaciones, se convierte en sí mismo en un factor de alienación y animadversión.
Conclusión
Pensar la democracia europea del siglo XXI exige romper el círculo vicioso de recetas y diagnósticos viejos ante realidades inéditas. El desafío principal no reside tanto en la amenaza de las ideas extremas, sino en la formidable crisis de representación, interpretación e intermediación de los actores tradicionales. Solo un reenfoque valiente, abierto al conocimiento científico sobre los cambios generacionales y comunicativos, permitirá responder con solvencia a este ciclo crítico y defender el pluralismo democrático europeo frente a la reacción ultra.
La Doctrina Social de la Iglesia como semilla de compromiso político y cohesión social: Reflexiones tras la III Escuela Social de Mérida-Badajoz
La Doctrina Social de la Iglesia como semilla de compromiso político y cohesión social: Reflexiones tras la III Escuela Social de Mérida-Badajoz
La reciente III Escuela Social de la Archidiócesis de Mérida-Badajoz fue mucho más que un encuentro de reflexión: fue la confirmación de que la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) es un fermento imprescindible para la construcción de una comunidad política más cohesionada, justa y solidaria en España.

La ponencia de Jesús Gómez Medinabeitia puso el foco en el reto de aplicar la DSI a la vida pública de los cristianos y ciudadanos. Se subrayó que el compromiso en lo público no es secundario, sino una dimensión esencial de la fe vivida en comunidad. El cristiano está llamado a tender puentes y armonizar relaciones, afrontar divisiones sociales y superar identidades cerradas, asumiendo el Evangelio como motor de cambio. La DSI nos invita así a la amistad social, al diálogo, y a la defensa activa del bien común, interpelando tanto nuestras comunidades como los propios procesos políticos.
Este espíritu de “discípulos y ciudadanos” contrasta con la historia reciente del catolicismo español, marcada por la decisión de la Conferencia Episcopal, liderada por el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, de no respaldar la creación de un partido democracia cristiana al estilo italiano. Este rechazo, aunque buscó evitar la identificación partidista de la fe y ganar autonomía, dejó un vacío en el desarrollo político de iniciativas católicas, que en ocasiones han derivado en movimientos alejados de la verdadera DSI, o incluso opuestos a ella. Frente a esa ausencia, la DSI sigue mostrando que el Evangelio en política no se impone por partido, sino por testimonio, participación y propuestas que promuevan la justicia, el diálogo y la inclusión social.
En la España actual, marcada por la polarización y la dificultad para la cohesión social, el papel de los laicos comprometidos con la DSI puede ser decisivo: evitar la reducción de la fe al ámbito privado o exclusivamente pastoral, y proyectarla como motor de acción social y política. La participación responsable en la vida pública —desde asociaciones, movimientos sociales o incluso propuestas políticas inspiradas por la DSI— es una llamada a influir activamente en el rumbo de nuestras sociedades para que sean espacio de encuentro, desarrollo integral y verdadero bien común.
De ahí el valor y la vigencia del mensaje recogido en la III Escuela Social: la transformación política y social empieza por la formación, la comunión y el compromiso cotidiano de cada cristiano. Porque participar es amar lo que construimos juntos, y la presencia cristiana en la vida pública es, y debe seguir siendo, la semilla de una sociedad más fraterna, justa y solidaria.